Cuánto hay de verdad en el llanto de aquel niño que desesperadamente reclama un juguete que el destino, transformado en un momento con la forma de un “perro”, le ha arrebatado de sus manos alejándolo y perdiéndose entre la cocina y la nada. El niño crece ante la acechante desesperación de saber que muchas cosas se alejarán, y aunque muchas podrán retornar, otras sin embargo no lo harán, y por sobre todas las cosas que el/la pesada que le tira de los cachetes siempre volverá. El peso de vivir entre los tíos extraños que desde temprana edad le hablan con balbuceos y gestos como si en realidad se pudiera entender a lo que apuntan, la típica historia de dejarse manosear por cuanta vecina aparece y la idea de escuchar canciones con bajo contenido léxico… atentan contra la estabilidad emocional del infante. Todo tiende a marchar sobre un “hasta que no pueda hablar me tengo que fumar tantas pelotudeces”. Pero bueno a fin de cuentas ese pequeño ser algún día crecerá, tendrá sus propios hijos y podrá en ellos devolver todas esas extrañas cosas. Ahora bien que pasa cuando las vicisitudes de una infancia extravagante se traducen en una desdeñada angustia existencial. La tristeza de un individuo que llora cuando no consigue un saché de leche descremada en una góndola, la pena de entender que el sodero no era solamente el sodero sino que también es su padre, la furia de buscar una película en la tele y solo encontrar canales de cocina neozelandesa, el apuro de necesitar papel higiénico y solo tener pañuelitos descartables, etc., etc.… son las manifestaciones más claras de un ser que convivió cara a cara con la más cruda carne de la vida y solo puede esperar a ser contratado por McDonals para servir hamburguesas a niños que se reirán en su rostro y le harán sentir que todo ha llegado a su fin. Pero sin embargo, el guerrero de la tristeza continuará su marcha hasta que el tren de las oportunidades vuelva a caer en su estación.
Como deben saber el mundo nació, se desarrolla y continúa su marcha en medio de la confusión, entonces nuestro trabajo es generar aún más confusión para que la mente diga “basta”… y una vez que dice basta, el paso próximo es envenenar el espíritu con un Zumuva tinto mezlcado con fanta.
Pero obviamente no podría no cerrar esta crónica sin antes referirme al punto último del título… amigos, amigas, todo lo que deben saber es… PUTO EL QUE LEE, que tengan ustedes muy buenas tardes.
Santiago Goméz
Escritor de cosas
Ranelagh, un lugar entre Quilmes y la nada

